Perdida en la laguna de piedra alta,
la cintura de la orilla descansa en el remanso del lago,
volcánica la pisada del perro que me acompaña
en este paseo de otoño gris esmaltado.
Aquí arriba los manques abren sus alas y planean
nosotros les miramos los extremos de plumas blancas
agarrados del filo áspero del volcán.
Espejadas los arcos de las rocas vuelven su matiz enigmático
sin sobra, todo opaco.
Donde el gris se convierte en negro,
el frio congela las manos y atardece en cielo sereno,
mientras el perro hace vibrar las piedras con olfateos de azufre y palo.
Inquietante can anochece en la orilla de mi ruta perdida.
Me pregunta y me mira fijo al igual que el lago quieto en su inmensidad de cielo rojo.
Comienza la bajada en puntas de pies y silbidos que nos mantienen juntos
sosteniendo el paso agitado del aullar rasposo.
Se arrebata en camino, mientras los ojos, buscan el cause del imperioso retorno.
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